
Hace poco oí en algún lugar que los escritores (y por extensión los guionistas, humoristas gráficos, dibujantes de cómics o cineastas) son auténticos vampiros. Viven agazapados en sus pequeños cubículos, pegados a la luz de un flexo o un iPad, esperando ese encuentro con sus amigos a la hora de cenar para arrebatarles las historias que ocurren fuera de su habitación cerrada. Esas historias de la vida real, que ellos no viven porque están viviendo todo el día en una ficción continua, las amplifican, tergiversan y retuercen hasta convertirlas en relatos apasionantes. Y todo ello para conectar de nuevo con ese lector/espectador, una vez que el vampiro las ha regurgitado en forma de libro, cómic, viñeta o película.
Y es que sin esa digestión del vampiro, donde se mezcla la realidad y la ficción, no existirían las buenas historias. Las que nos conmueven, nos hacen reir, llorar o reflexionar.
Hoy voy a romper una lanza en favor de las mentiras, siempre tan vapuleadas y maltratadas. Sin ellas, el mundo sería un lugar mucho más gris y triste. ¿A quién le interesa la verdad si tienes enfrente una mentira bien contada?
Javirroyo
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